Paginas pasadas de La Mancha de la Calabaza que Ladra
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    miércoles, 21 septiembre 2005

    The Zoo Of Tranquillity - Contemplating Mortality

    El largo fin de semana pasado fue el vigésimo primer aniversario de La Jornada el domingo 18 precisamente pero usualmente lo celebran el día 15, ya que el 16 es día de descanso obligatorio y no hay periódico, así que «los jornaleros» tienen un día para recuperarse. El caso es que mi amigo Mario Netzul me llamó para ver si quería ir a la cena-fiesta. No me sentía bien, probablemente por las tres horas que me tomó regresar de la Cámara a la casa, ya que nos dejaron salir a las 13.00, o quizá por la brutal cena del día anterior. En fin, que no me sentía bien y le dije que mejor le invitaba unas cervezas el sábado.

    El lugar donde nos tomamos las susodichas está en la Condesa y se llama «Ruta 61 Hoochie Coochie Bar». El nombre me conflictúa mucho, porque traducido sería algo así como el «Bar de las partes pudendas de mujeres que se visten como prostitutas de la autopista 61». Por partes. Ruta obviamente está en castellano en contraste con el resto que está en inglés, pero ruta 61 obviamente se refiere a la Highway 61 o «autopista del Blues», ya que corre paralela al Mississipi desde Nueva Orleáns hasta la frontera con Canadá, pasando por Duluth, Minnesota, ciudad donde nacieron Bob Dylan y mi estimada amiga Larissa Carlson. Bar es palabra aceptada en castellano, no hay problema. Pero lo de «Hoochie Coochie» desencaja con el resto y además deja falsas esperanzas. Literalmente hoochie es un término sexista y denigratorio para describir a las mujeres que se visten de una manera sexualmente llamativa sin que necesariamente sean prostitutas. Coochie es una forma, igualmente denigrante, de referirse al órgano sexual femenino. Directamente la frase «hoochie coochie», como parte de la cultura popular, está inmortalizada en el blues «I'm your hoochie coochie man» de Willie Dixon donde explícitamente se entiende que «I'm your hoochie coochie man» significa «soy un mujeriego». Abreviando, el nombre me causa un gran conflicto porque no se si se refieren a las partes pudendas de las mujeres que viven o merodean en las cercanías de la autopista 61 o el bar de los mujeriegos que está en alguna parte de la autopista 61 o cualquiera de las demás combinaciones que se pueden dar. La mentada autopista 61 mide más de dos mil kilómetros. Sobre de ella, han de haber cientos de bares que se llaman o que se podrían llamar así y seguramente hay decenas de miles de prostitutas. Por eso me confunde tanto, a final de cuentas es la combinación de tres conceptos que nos son muy conocidos a todos los que nos consideramos bluseros (salvo por el tío de Carlos Palomino, que es blusero de profesión porque vende blusas en el mercado de la Lagunilla) pero es demasiado vago.

    El caso es que cuando llegamos estaba una banda que se llama algo así como «Sammy Boy Blues Band» o «Sammy Boy y sus muchachos» ---que es un decir, porque sólo el baterista parecía tener menos de 50 años---. No es recomendable hacer una reseña de una banda cuando se llega pasada la mitad de la presentación, como en nuestro caso, pero ¡qué caray! Igual va. Como es costumbre en este tipo de sitios, aprovechan al máximo el espacio para poner el mayor número de mesas posible y terminan dejándole a la banda un espacio apenas indispensable para no caerle encima al público. En este caso, al ser un cuarteto, al menos podían moverse un poco.

    Ya mencioné a un baterista, por supuesto hay un bajista y quedan dos guitarristas: Sammy y el otro. Dijeron un par de veces sus nombres, pero no los recuerdo. Los dos guitarristas se alternaban el papel de líder y de acompañante y la voz fue la de Sammy. Me parecieron buenos y con gusto los escucharía de nuevo. A su favor: tienen un repertorio amplio, saben de blues y prenden a la gente. En su contra: algo en el sonido no estaba bien. Podría ser un cable que metía ruido, un amplificador dañado o algún tipo de interferencia. Al principio pensé que era la acústica del local, pero con la siguiente banda no pasó.

    La siguiente banda: «La vieja estación». Un grupo de chavos argentinos, muy bien acoplados, roles muy bien definidos y con buen sonido. Desde el principio es claro que hay disciplina y pasión en el grupo. Son un baterista (el único «añejo» en el grupo), un bajista (muy efectivo), un pianista excelente y dos guitarristas, en la clásica conformación con uno en el rol de primera voz y guitarra acompañante y el otro en la guitarra líder. En algunas piezas los acompañó el «Pelusa» en la armónica y me parece que demasiado bien para no ser un miembro de tiempo completo de la banda, pero esto no lo aclararon e igual y lo es, entre copa y copa. En otras piezas la banda acompañó a una cantante, Malena Rouge, motivo por el que fuimos a este lugar. Mario me dijo «tienes que oír a esta chava, canta con mucha intensidad» y en efecto, creo que lo mejor de la noche fue oírla, tiene una voz estupenda para el blues y una disposición impresionante. También cabe aclarar que Malena es mesera en el bar y es una mujer bajita y menuda mientras se mueve entre las mesas, pero cuando canta parece medir tres metros y pesar doscientas arrobas.

    Como decía unas líneas más arriba, el escenario es muy pequeño y ya con siete gentes arriba, siendo una de ellas un huracán, se nota una cierta incomodidad dado que el pianista, el baterista y el bajista (y el «Pelusa», que no ocupa poco espacio) están arrinconados para dejar un poco de libertad a los guitarristas y la cantante.

    Van unas fotos cortesía de Mario (que anda presumiendo una cámara nueva que esta padrísima):

    Muy buena la presentación y el público prendidísimo. Las únicas dos cosas que les podría reprochar a los de «La vieja estación» es que no toquen material propio y que cuando están sin «Pelusa» o Malena, no tienen identidad. Hacen muy bien los covers, pero cuando quiero oír a los Allman Brothers pongo un disco de ellos, no iría a un bar a oír a una banda hacer una versión fiel.

    Es cuanto señor presidente.

    PD. En la Cámara ya inició el período de sesiones y ahora los deliciosos pastelillos de la cafetería se terminan temprano. Malditos sean los diputados y sus asesores.

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