| Paginas pasadas de La Mancha de la Calabaza que Ladra | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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This is the day you shall always remember as the day that you almost caught Mancha. |
martes, 16 agosto 2005 La semana pasada tuve gripa, bueno aún la tengo pero no tan fuerte. El viernes no fui a trabajar por que me quedé dormido y como me descuentan el día si llego después de las 9.30, pues me dió igual: día no pagado, día no trabajado. Me quedé dormido, porque buena parte de la noche me la pasé tosiendo, sonándome y cuestionándome si los Pumas volverán a ganar un campeonato. En fin, aproveché que no fui a trabajar para ir a la facultad a firmar no sé qué contrato y luego a pagar el teléfono. Cuando regresé a la casa me volví a meter en la cama, leí un buen rato y dormí el resto. Ya en la noche ví una peliculilla, Bullets over Broadway y me acosté temprano. El sábado amanecí un poco mejor, pero por precaución me quedé toda la mañana en la cama leyendo. A continuación describiré los síntomas porque son interesantes. Para empezar, tenía la garganta como cerrada y muy seca, me dolía igual pasar líquidos que sólidos. Apenas comí en esos días, pero procuré tomar muchos líquidos. En las narices tenía la sensación esa como cuando meto un alambre de púas por una nasa y la saco por la otra y comienzo a moverlo oscilatoriamente de un lado al otro. No sé porqué sigo haciendo eso, ya no es divertido. En los oídos, es como cuando apoyo un clavo contra la pared y la punta la meto en el oído y empujo la cabeza contra la pared mientras canto «Lilí Marlen». En las articulaciones es esto del estiramiento en el potro sin la emoción y picarezca de los latigazos con suplicios. Creo que ya he dado suficientes indicios de cómo me sentía. El caso es que el sábado estaba yo dedicado por completo al dulce facer niente cuando se me ocurrió llamar a Fabiola para ver si quería ir al cine. Prendí el celular para buscar su teléfono y ahí estaba, un recado de Luis Felipe Figueroa, un amigo de «mushos» años. Que era el cumpleaños del «Gato» (Salvador Medina Morán) y que habría una pequeña reunión o souree a unas cuantas cuadras de mi casa. Me fui lo más rápido posible, porque habían citado a las 16.00 y ya eran las ocho pasadas. Estaban mis más viejos amigos, es decir, mis amigos de más tiempo: los hermanos Enrique y Fernando Moncada Cooley, Tomás Jóven, Tino Gutiérrez y el antes mencionado Luis Felipe. Departimos, bebimos, comimos (bueno, ellos, porque yo seguía con la garganta cerrada), cantamos canciones y jugamos charadas hasta que nos dijeron que el congal ya iba a cerrar y nos fuimos unos cuantos a casa del buen Tomás, el hombre que ha sobrevivido a dieciocho sobrinos. Ya en la intimidad de unos cuantos, charlamos sobre esas cosas que en público nadie menciona, como el sabor favorito de yogúr y cuantas veces al día decimos «peculiar». Cosas que quizá debería de callar, pero de eso se tratan los Blogs, de soltar toda la sopa de lo que uno piensa y siente. El mío es el de limón, pero como raras veces lo encuentro, consumo el de durazno. Hoy sólo he dicho peculiar una vez, bueno dos. Decía yo que en la intimidad y calor que siempre nos ha dado la casa de Tomás, departimos de cosas más interesantes. Salvador me habló de su renovado interés por la egiptología, lo cual me parece estupendo. Con Tomás hablé poco, apenas en el trayecto hasta su casa, sobre su trabajo y de cómo y cuánto yo odio el mío. Luego, como siempre, de cine y música. Enrique me reclamó que haya escrito en éstas páginas que no me gusta la ciencia ficción, ya que el sabe perfectamente que uno de mis autores favoritos es Fredric Brown y que «El ratón estelar» es uno de los libros que más atesoro. Pero eso es otra historia y en otro momento lo contaré. Sólo adelantaré que a Brown lo pongo en la categoría de los autores de ficción, genero que es mi favorito, junto con Borges y Vian. (Señor Fox, si usted lee esto, sepa que mi Borges es su «José Luis Borgues».) Fernando nos habló largo y tendido de sus inquietudes con respecto a las hijas de su primer matrimonio. Bueno, en realidad todo de lo que nos habló tenía que ver con su decisión a irse a vivir a Toronto, donde ya está otro de los hermanos Moncada, Sergio. Fue una velada encantadora y como cada vez que los veo, al final me quedó esa sensación que los diccionarios describen como bonhomía.
lunes, 01 agosto 2005 En mi no tan nuevo trabajo, al principio me pagaban con un cheque de Bancomer, ningún problema con esto, de hecho me agrada la idea y espero que al final de esta nota termine convenciendo a más de uno de mis motivos. Decía que me pagaban con cheque y que me agrada. Al menos hasta la última quincena, es decir el viernes pasado, me dieron un cheque y espero que permanezca así, aún en contra de la circular del 20 de julio en la que le informan a los coordinadores administrativos de que ya no será así y que todos los empleados de la Cámara de Diputados deberán de cobrar por banca electrónica. Varios nos inconformamos y desconozco las razones de todos los demás, pero expondré las de Casimiro, Luis y las mías. En primer lugar, nos molesta que de manera pontífica se nos obligue a tener cuenta en un banco determinado, sin dejar de lado que personalmente considero inmoral a todo el sistema bancario y sería muy felíz si pudiese evitar tener una cuenta bancaria y una tarjeta de crédito. En segundo lugar, los bancos cobran por cuanto concepto pueden y las cuentas de «nómina electrónica» tan inocentemente disfrazadas de libres de cargos tienen los siguientes cargos escondidos: los bajos intereses (o en ocasiones inexistentes) que pagan son una pérdida directa en relación con una cuenta de ahorros normalita, cobran por disposiciones y consultas de saldos después de un cierto número que nos «obsequian», y el hecho de que no permiten que los retiros en cajeros automáticos, que es precisamente el medio natural para este tipo de cuentas, sean mayores a una determinada cantidad diaria es en sí una garantía de permanencia de capital en sus cuentas que les permiten hacer jugosos negocios financieros a cuenta de las cientos de miles de cuentas de pequeños clientes. Por supuesto que se puede retirar una cantidad mayor en una sucursal, pero por supuesto que esto tiene un cargo adicional. El tercer motivo es que el banco que nos pretenden imponer, Bancomer, tiene muy pocos cajeros y además con frecuencia no tienen dinero. Por último, el riesgo de ser asaltado en un cajero es muy alto y los fraudes con este tipo de tarjetas son cada vez más frecuentes. Ahora vamos por la parte práctica. Relataré someramente mi experiencia del sábado pasado. Muy en contra de mi costumbre me levanté temprano (en sábado ¡por Almergín!) y me fui a Perisur porque iba a hacer uso de tres bancos: cambiar el cheque en Bancomer, depositar en HSBC y pagar la tarjeta de crédito en Santander. Se que dirán «el tipo que acaba de echar pestes del sistema bancario, no va a uno sino a tres en el mismo día.» «Está majareta perdido» dirán unos. «Es un hipócrita» dirán otros. «Págueme señor Magariños» dirá mi casero. «Pese a todo lo quiero como a un hijo» dirá mi madre. El caso es que allá voy armado tan solo con un libro dispuesto a pasar varias horas formado. Mis peores cálculos resultaron ser los optimistas. La fila en Bancomer era como para regresarse de inmediato a la cama. Pero fui paciente y leí unas veinte páginas. Un detalle curioso es que había dos hileras, la clientes del banco y la de «usuarios», eufemismo por «indeseables que aún no son nuestros esclavos vía una cuenta». Bueno, pues lo curioso es que la de clientes era más larga que la de usuarios, o sea que en caso de haber cedido a tener una cuenta con ellos, mi espera habría sido aún mayor. Cambio el cheque por una cantidad entera (no muy grande, pero no pienso poner mi salario en el WEB) con 69 en la parte fraccionaria. Es decir, 69 centavitos o dos terceras partes de un peso. Pues cuando me dieron lo correspondiente a la cifra indicada en el cheque, ni soñar con el famoso «redondeo», que en este caso sería a mi favor con lo que el banco me daría un centavo, no, nada de eso, no solo hubo rendodeo a mi favor, sino que tampoco hubo 69 centavos. Por mucho que odie a los bancos no me detendría a reclamar una cantidad así, no por ellos sino por respeto a todas las personas que estaban detrás de mí en la fila. Sin embargo, me reservo y ejerzo el legítimo derecho a desear que esa pequeña cantidad, esas moneditas sean puestas a resguardo por las progenitoras de los ejecutivos más altos del banco en un lugar específico de su anatomía, el cual no habré de mencionar, pero que todos saben que es un lugar donde difícilmente llega el Sol. Con el «efectivo» (tanto como lo pueda ser) en la bolsa del pantalón me voy al siguiente banco, el HSBC. Cuando lo elegí como mi banco fue por lo que el Puppy define como «chiquito y ratonero», un banco pequeño, con pocos clientes y con la ventaja de que tiene sucursales por todos lados. Pero mi elección es de cuando se llamaba Bital y tenía una sucursal a tiro de piedra de todos los lugares que acostumbro. Los lugares a los que acostumbro ir, no los lugares a los aocstumbre tirar piedras. No es que acostumbre tirar piedras, que no se entienda eso. Tampoco es que no tire piedras, de vez en cuando alguna tiraré, que se siente muy bien, pero no me gustaría que me clasificaran como «mira, ahí va ese que tira piedras» ni que me llamen «el "tira piedras" de San Ángel». O sea que en mis días alguna piedra habré tirado y probablemente aún me quedan algunas por tirar, pero espero que no me recuerden por eso. Al menos no solo por eso. Espero que me recuerden por haber tirado otras cosas, como botellas de cerveza en la carretera, colillas de cigarrilos en las alfombras de casa mis amigos, mi vida por el caño, etc. Bueno, aclarado el punto, continúo. En HSBC también siguen el popular método de tener una fila para los clientes y otra para los «indeseables», pero a diferencia de en Bancomer, la de clientes es menor. Aquí el tiempo de espera fue de apenas tres páginas. A cambio de la rapidez, me llevé un susto. Cuando me dió el recibo de la transacción, vi primero que el depósito registrado era por una cantidad menor (siempre reviso que el depósito sea a mi cuenta y por la cantidad correcta) y le dirigí una mirada asesina al cajero, tan asesina que se apuró a decirme que un poco más abajo estaba la cancelación de la transacción y un poco más aún la transacción correcta. Con todo pasé directo al cajero a confirmar el saldo. Todo bien. Siguiente estación: Banco Santander. Una sola fila, me parece estupendo, tampoco me agrada que se nos clasifique por el emblema del banco que nos explota. A los ojos del sistema bancario, todos deberíamos de ser iguales y no como en Bancomer que destinan más cajeros a los clientes (y aún así la fila era mayor). Tiempo de espera, unas cuatro paginillas. Me suena a que no es tan mal banco y justo cruzando la calle donde vivo hay una sucursal. Muy bien, ahora sí va la explicación de por qué pasé por todo ese martirio innecesario con una sonrisa en la boca cuando bien podría haber depositado el cheque en mi cuenta en una sucursal pequeñita y más rápida y haber pagado allí mismo la tarjeta de crédito (sí, ya se puede pagar la tarjeta de cualquier banco en cualquier otro). Pensarán que es porque me quería ahorrar esos dos días (cuatro por ser fin de semana) de espera en lo que «pasa» el cheque y para ganar unos centavitos mas de intereses. No, rotundamente no. La verdadera razón es que lo hago por insurgencia. A los bancos les salen muy caras las transacciones en ventanilla: renta de un local (energía eléctrica y demás incluidos), salario de los cajeros, papelería, trasladar el dinero, vigilancia, etc. Entonces cuando he de usar un sólo banco, voy a la sucursal más pequeña para inflar las estadísticas de uso de esa sucursal y que no la desaparezcan y cuando he de usar varias, pues voy a un centro comercial, porque además de la comodidad de que estén las sucursales juntas, también hay que inflarles las estadísticas de las sucursales más caras en términos de renta. La segunda razón es que a nadie, salvo a los bancos, le conviene que se pierdan más empleos: los de los cajeros, los mensajeros que mueven papelería, etc. Por que a mayor desempleo, mayor competencia laboral, menor oferta, y toda una cadenita de desventajas que cierran con el broche de oro: mayor violencia en los asaltos. Respecto al último punto, aún cuando los dos bancos entre los que moví la mayor cantidad de dinero están prácticamente «puerta con puerta», el riesgo a un asalto no deja de existir. Incluso después de depositar el dinero, si te han seguido, saben que al menos tienes la cantidad que acabas de depositar en la cuenta con altas posibilidades de que sea mucho más. Entonces te conviertes en una presa atractiva. Mi solución es mantenerme el mayor tiempo posible en movimiento entre tiendas grandes: ir a «revistear» al Sanborn's, ver los objetos de cocina en Liverpool y Palacio de Hierro, las guitarras y pedales de efectos en Casa Verkkam y Sala Chopin, las pipas en la tabaquería, los libros en el Parnaso, los DVD y CD en Mix-Up, los «gadgets» en Radio Shack, etc. Si te van a asaltar que lo hagan mareados y que se lleven la buena impresión de que eres una persona educada y de gustos refinados, que te vean probando una Gibson y no una vulgar Yamaha, preguntando por los discos de Terry Riley y no revisando los discos con descuento de música norteña, escudriñando la sección de cine de arte y no preguntando si ya les llegó «Dos rubias con pelo en pecho». Bueno, ese es mi consejo. Me falta poco para llegar a los diez kilobytes, y para completarlos escribiré un poco sobre el libro que estoy leyendo: «Buenos días, pereza. Estrategias para sobrevivir en el trabajo.» de Corinne Maier. En primer lugar debo aclarar que llevo casi un mes «checando» tarjeta de las nueve de la mañana a las siete de la tarde. Diez horas he de pasar en la Cámara, con la libertad de salir dos horas a comer. ¡Dos horas! Demasiado tiempo para comer, muy poco para ir al cine, pero de todas maneras, ni lo uno ni lo otro en las inhóspitas tierras que rodean a la Cámara. Así es, ni un lugar donde pueda comer decentemente, ni un cine pasable al que pueda ir, así que me quedo a comer en mi escritorio. Diez malditas y miserables horas. Y el mal trago de tener que moverme en la mañana por el pesado tránsito de los que también se apuran por llegar a su oficina porque «checan» tarjeta. Y el más aún amargo trago de salir junto con la horda de oficinistas descontentos con urgencia, como la mía, por llegar a su hogar y olvidarse de lo desagradable que es estar en una oficina. Tan desagradable que mejor lo continúo mañana. Saludos, habibis.
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