| Paginas pasadas de La Mancha de la Calabaza que Ladra | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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lunes, 20 diciembre 2004 LLevaba un par de meses sin vaciar las fotos de la cámara. Hoy lo hice y seleccioné algunas. La de Alexander se me coló, pero aún creo que tiene un estupendo ambiente de trabajo. Las pongo así, tal cual, con un pie minimalista. Sin aclarar que a Sandino en los últimos dos años sólo lo veo en congresos (Villahermosa, Veracrúz, Ciudad de México), ni que Max se quedó dormido en una plática de Mono, en el Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM, ni por qué le digo «Maestro Mangiacaprinni» a mi amigo Arturo, ni por qué mi amiga Karla se iba pintando en el auto. Que va, todo natural. Es más, tampoco voy a explicar por qué llevo dos días escuchando exclusivamente a Sonic Youth.
Vamos por partes. Tres preguntas difíciles y extenuantes. ¿Cuál debería de satisfacer primero? Algo me impulsa a que sea la segunda. Pero me es la más difícil en estos días. Tomaré la primera, porque el orden en que las hice fue espontáneo y quizá es cierto que no hay casualidades. Dan lo mismo los motivos que me hayan llevado a no tener trabajo estos meses, sólo cuenta el resultado. A final de cuentas no importa lo que digan, el trabajo es únicamente el medio. El fin es vivir feliz. Eso es todo lo que cuenta. Lo demás son baratijas que aparecen y desaparecen. Debo de explicarme más en éste punto. No creo en absoluto en toda esa alegoría utilitaria de que el trabajo es lo más importante y que no hay nada como la satisfacción del trabajo cumplido. No es más que una gran mentira inculcada para hacernos sentir satisfechos con un sueldo miserable por un trabajo desagradable. Claro que hay gente que encuentra satisfacción en su trabajo y oficios que son intrínsecamente placenteros, pero son las excepciones en una estructura social donde unos cuantos viven a costa de la esclavitud asalariada de la mayoría. Hay una gama muy amplia de tonalidades en ese escalafón, pero al final es como el gallinero donde las gallinas de arriba se cagan en las de abajo. La fantasía de que el trabajo bien hecho es un fin en sí, y por tanto una recompensa más importante que un salario justo, es tan faláz como que la recompensa a una vida de sacrificios es otra vida de felicidad. Nada tan conveniente como engañar y convencer a otros de que trabajen para tí, de que respeten las reglas que los convierten en tus esclavos, de que compren lo que vendes, aunque no lo necesiten. Finalmente, de que peleen las guerras que te convienen. El punto entonces es ¿vale la pena el trago amargo de un trabajo desagradable a cambio de la efímera satisfacción de ese auto nuevo velóz y flamante? A final de cuentas, ese auto sólo sirve para llevarte al trabajo y te envuelve en una espiral de dependencias de la que deberías estar huyendo en primer lugar. Aún no respondo la pregunta y la evito como meter la mano al fuego. Hoy tampoco será satisfecho el reto.
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