Paginas pasadas de La Mancha de la Calabaza que Ladra
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Paridas e insulsas historias en la inútil vida de La Mancha de la Calabaza que Ladra.

El Emilio de La Mancha
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    martes, 07 diciembre 2004

    The Illinois Enema Bandit

    Tener un testaferro es tan cómodo como tener un grano en ese lugar donde nunca da el sol. Para poder cobrar un trabajo tuve que recurrir a la bondad de un amigo que me prestó un recibo gracias a las disposiciones de la SHCP que tanto nos gustan. La logística que implica pedir el contrato, ir a su trabajo a que lo firme, regresarlo, pedirle que vaya a por el cheque, llevarse un golpe en las narices, porque «hoy no vino Sutanita que es la que tiene los cheques» y regresar con un poder amplio para poder sacarlo, llevarle el cheque para que lo cambie y finalmente tener el dinero en las manos, me ha consumido más tiempo del que quiero pensar. Pero finalmente, si todo va bien, mañana podré tener ese dinero.

    «Puedes huir, pero no puedes esconderte.» Eso es lo que deberían de avisarles a los políticos que creen que pueden quedar impunes. Díaz Ordaz bien pudo avisarles a todos que no hay lugar seguro. Un millón de gracias a todos aquellos que nunca desistieron en pintar de rojo la embajada de México en Madrid y que no se cansaron de gritarle y arrojarle objetos diversos a la entrada y salida de su casa.

    En otro orden de ideas, el maldito «yo te llamo el próximo año» es, a final de cuentas, más doloroso que el «déjame en paz hijo de perra o llamaré a la policia». Por alguna razón hay gente que no es capaz de decir directamente «gracias, pero no puedo» o «es que no debería» o simple y llanamente «no creo que sea posible». Todos se evitan problemas con una respuesta directa.

    A veces el dolor se esconde agazapado entre las fundas del sueño. Espera ese momento de debilidad y en los linderos de la indefensión ataca con sanguinolentas quijadas. Nadie está a salvo. Parafraseando a Borges:
    Es el dolor. Tendre que ocultarme o que huir.
    Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
    La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me
    serviran mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudicción,
    el aprendizaje de las palabras que usó el aspero Norte para cantar a sus
    mares y sus espadas, la serena amistad, las galerias de la Biblioteca, las
    cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de
    mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
    Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
    Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la
    voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la
    sombra no ha traido la paz.
    Es, ya lo se, el dolor: la ansiedad y el alivio de oir tu voz, la espera
    y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
    Es el dolor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
    Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
    Ya los ejercitos me cercan, las hordas.
    (Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
    El nombre de una mujer me delata.
    Me duele una mujer en todo el cuerpo.

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